La idea se extendió a otras oficinas, y los gatos se jubilaban como cualquier empleado. En la sede central del correo, la costumbre duró más de un siglo: Blackie, el último gato de allí, murió en 1984.
En 1950 nació Tibs, uno de los gatos más famosos del correo. Llegó a pesar 10 kilos, tanto como un bebé de un año. Y mantuvo la sede central libre de ratones durante 14 años.
Mientras tanto, en marzo de 1953, un diputado preguntó en el Parlamento cuándo había sido el último aumento de los gatos.
El viceministro de Correos respondió que había «cierto caos laboral en el mundo de los gatos del correo». Explicó que, salvo los de la sede central, ninguno tenía aumento desde julio de 1918. «Pero no ha habido quejas», agregó.
También contó que, si una gata tenía crías, el jefe de su oficina podía darle una ayuda por maternidad.
Pero lo más asombroso llegó al final. Una diputada preguntó si, en el caso de los gatos, regía la igualdad salarial.
El viceministro respondió: «La igualdad salarial ha sido aceptada, en principio y en la práctica».
Las gatas cobraban lo mismo que los gatos.
Las funcionarias británicas, no. Su sueldo no igualó al de los hombres hasta 1961.
Los gatos del correo nunca pidieron nada. “Sólo” cazaban ratones. Y en 1953 ya tenían lo que a las funcionarias les costó años de lucha: el mismo pago por el mismo trabajo.
La idea se extendió a otras oficinas, y los gatos se jubilaban como cualquier empleado.
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